abrazo hombre y mujer

Cuando era pequeña recuerdo que en casa de mis abuelos nos sentábamos a la mesa y sabía a ciencia cierta que habría un plato de comida rebosante. Me parecía una montaña que debía escalar, de patatas y verdura hasta llegar a la cima y acabar el plato. Me lo tenía que acabar, no estaba bien visto dejar comida en la mesa.

Sin darme cuenta esas montañas de patatas eran el recuerdo de una posguerra que ellos habían vivido de cerca. Para mí, era una costumbre de casa, las montañas de patatas que en días de poca hambre se hacían tan altas como el Everest.

Para mis padres, que podrían ser muchos padres, su generación no era la de los platos rebosantes por si en algún momento hubiera falta de comida. Para ellos, su aprendizaje fue que si estudiábamos tendríamos un buen trabajo.

Quizá algunos de su quinta no tuvieron la suerte de estudiar y en una época con sabor a revolución industrial sin estudios estabas relegado a trabajos que apenas podías traer una pequeña duna de patatas al plato.

Me pregunto qué generación es la mía (tengo 31 años). Nosotros no hemos vivido la posguerra. Es más, estamos tirando esas montañas de patatas a la basura más de lo que nos gustaría admitir. Las prisas, la agenda apretada, el poco tiempo para cocinar y los precocinados que caducan en la nevera hace que mucha comida vaya del supermercado a la basura sin ninguna otra parada por el medio.

Estamos a años luz de la revolución industrial ahora ya no tiene tanta importancia el título que llevas bajo el brazo sino quién eres y qué sabes hacer. Y cuanto más versátil, flexible y habilidades tengas pasarás por delante de la titulitis aguda que algún día fue pandemia en nuestra sociedad.

Yo pensaba que lo tenía todo hecho. Cuando salí de la universidad había trabajo para todos, nunca nos había faltado de nada y vivíamos en una burbuja paradisíaca en la que no habíamos tenido una sacudida generacional hasta ahora.

De repente, tenemos hambre de abrazos. Ese es el trauma que está haciendo mella en mi generación, el aislamiento y la distancia.

Un virus invisible y minúsculo nos ha arrebatado el bien más preciado que ni siquiera nos había pasado por la cabeza que podíamos perder: el contacto físico.

¿Quién lo iba a decir? Parece que vivamos en una película de ciéncia ficción. Nos tapamos las sonrisas, nos lavamos la piel y nos mantenemos a metros de distancia del amor, de la amistad, de la sensibilidad, de la empatía.

Espero que nos convirtamos en los guardianes del cariño, demos abrazos con el sentimiento más profundo y no dejemos de sonreír para compensar todos esos días que hemos pasado con la sonrisa entre rejas de tela.

Que digamos a nuestros hijos, abrázame por si acaso. De haber perdido la posibilidad de abrazar nos abrazaremos sin cesar a la mínima oportunidad. Viviremos de nuevo el cariño y lo atesoraremos en nuestra piel y en nuestra memoria. El hambre con patatas se sacia, los títulos con estudios se arregla pero la falta de abrazos necesita abrazos para calmar la sed del contacto que nunca pensamos que nos faltaría.

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